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Mocundo reposa apacible

bajo viejos árboles protectores

por Valentina Quintero, Febrero 08. 2010

Rosaura y Oscar recorrieron los Valles Altos de Carabobo durante 3 años hasta dar con la casa de sus sueños. Se pasaron otros 10 restaurándola. Aprendieron de cocina y agricultura y ahora despliegan su arte de anfitriones con quienes se acercan a buscar la paz bajo su sombra

¿Cómo llegar? Si toman la au- topista del centro, salen como quien va para San Carlos al pasar Valencia, pero luego se desvían por la carretera a Nirgüa. Al pasar Bejuma, fíjense en el próximo cruce a mano derecha donde hay una virgencita en la plaza. Siguen por ese camino entre siembras y montañas, buscando la vía de Canoabo. Por ahí verán un letrero grande "Hay Hielo". Allí se cruza a la izquierda, luego a la derecha y a la derecha nuevamente hasta encontrar una entrada de tierra. Una vez en ese camino, la próxima entrada a la derecha lleva hasta la posada. Si tienen el GPS de Ingeolan, aparece la posada y llegan derechito. Y como ya les dije, la próxima edición de mi guía estará completica en el GPS de Ingeolan.


El encuentro con el hogar.
Cuando entro a Mocundo puedo imaginar a la criolla principal --hermana del Libertador y protagonista del libro de Inés Quintero, mi hermana, la historiadora, la sabia-- caminando afanada por los jardines o dando órdenes para servir la mesa a los invitados. Así de colonial y bien conservada luce esta casona, en pie desde el año 1750, como reza el letrero en sus paredes.

Fueron tres años de búsqueda por esta zona de los Valles Altos de Carabobo, porque la mamá de Rosaura le había regalado una casa a sus hijos por estos predios para que se mantuvieran unidos.

Cuando por fin vieron Mocundo estaba bastante abandonada, pero ojos de ganas la pusieron preciosa. Necesitaron 2 años más para recolectar los churupos, mientras rogaban a los santos que nadie con real se antojara. En 1991 la compraron y no fue sino en 2001 que abrieron como posada. "El plan inicial era trabajar en agricultura orgánica, pero pasamos a posada por el espíritu de turismo de salud que se había instalado en la zona desde que Efraín Hoffmann abrió La Concepción", explica Oscar Baasch.

La ahora posada Mocundo fue parte de una encomienda indígena. Sus dueños más antiguos se dedicaron al cultivo del café con tanto éxito que la zona recibió el nombre de la hacienda: Mocundo. Con los años se parceló y quedó la casona como testigo de la vieja cultura cafetalera.

Mocundo ahorita. Se llega por un caminito de tierra rodeado de muchísima vegetación.

Al abrir el portón, aparece una inmensa pared, un patio de secado y un jardín como en las películas --verde, con la grama cortada a la perfección, setos de flores en los alrededores, uno que otro banquito para admirar las hojas, árboles centenarios que dan sombra, caminitos, fuentes y espacio de sobra para respirar o meditar.

El autor de esta perfección es Enrique, el extraordinario y sensible jardinero. Procuren conversar con él para que se gocen el orgullo de su mirada y la euforia por cada matica.

El ancho y acogedor corredor de la casona principal desemboca en los jardines.

Ahí se instala la visita y pueden servirse las cenas y los desayunos si así lo solicitan.

El salón principal es una delicia con sofás que se hunden y libros por todas partes. En el comedor hay muchas ventanas para que los pajaritos saluden. En las alacenas verán las elegantes soperas herencia de la familia o regalo de un huésped agradecido. Desde este corredor se accede a una de las habitaciones más señoriales de Mocundo. Aquí están el juego de cuarto de los padres de Oscar, la peinadora de la bisabuela (en la foto) y un escaparate que vino con la casa y que Rosaura se tomó la molestia de restaurar pieza por pieza. Aquí sólo pueden haber sueños históricos.

En las dos casitas al fondo del jardín están el resto de las habitaciones. Son 10, todas bellas, acogedoras, con baño privado, fina lencería, agua caliente y aire fresco y puro de las montañas que las arropan.

Desde febrero ofrecen un saloncito para sauna y masajes, por solicitud expresa de los huéspedes. Hay un par de tancuzis, como les dice Rosaura, pues se trata de pequeños tanques, unas piscinitas en el jardín bien ricas, que refrescan el cuerpo cuando el sol se pone intenso.

Sus huéspedes más frecuentes son personas de la tercera edad que quieren reposar tranquilos en ese silencio de sombras con un clima perfecto. Los ciclistas la pueden convertir en su sitio favorito si suben hasta el Cerro San Isidro.

Son interesantes las visitas a los petroglifos y para quienes aman la artesanía, en Canoabo están los familiares de Viviano Vargas, dedicados a las tallas.


La gastronomía. Nunca fue una estrella de la cocina, pero en sus viajes junto a Oscar por cuanta posada abrían en el país, Rosaura entendió que la oferta principal, el toque de gloria, era la buena mesa. No se amilanó. Como dice su hermana --"Rosaura tiene mucho mérito, pues aprendió a cocinar después de grande"-- y vieran que sabroso y delicado lo que sale de sus fogones. Se metió en una escuela en Valencia y a partir de ahí se dedicó a crear, siempre con los ingredientes más frescos y honestos y en compañía del combo de mujeres que sazonan este espacio precioso. "Estoy segura que nuestro ingrediente secreto es la gozadera, la felicidad y el cariño que ponemos en cada plato. A veces Oscar entra y nos regaña por el alboroto que armamos pues cuesta oír lo que hablan los expositores".

Probablemente sea esa la razón para empezar a construir un salón de conferencias más arriba. "Nos piden mucho salones de reuniones. Los eventos han tenido auge en la zona para las empresas cercanas, seminarios o eventos culturales". Rosaura y Oscar tienen ganas de organizar conciertos, noches de baile y juntar a todas las posadas para que lleven a sus huéspedes. Uno de los mayores encantos en los Valles Altos de Carabobo es la unión entre sus posaderos para inventar proyectos y trabajar en consolidar esta región como un tremendo destino turístico.

 




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